Conciencia
Inesperadamente la conciencia convive con el cereal en la mesa y los ahumados de la noche. En la pluralidad de lo síntomas se mueve el dolor -dices-. La cefalea, la certeza de las clavículas en el esqueleto, la nostalgia por los afectos adolescentes, la angustia por el apremio nos obliga a mover los ojos y, a veces, lloramos. Llanto apócrifo en la conciencia desventurada es memoria, humedad, destrucción de redes íntimas; largas tertulias en torno al bien común, a la vecina de arriba, a la protección de las veredas y tus rodillas cristalizan una vez más.
El darnos cuenta de todo nos aniquilaría -dices-; los entornos se colorean y perdemos el habito de vivir en la intemperie. Algunos de los que nos mantenemos vivos creen ser prósperos y tú preguntas por los horarios de los ciclones.
Habituados a la orfandad, a la sensación de desventura; a la conciencia de los abismos olvidamos la necesidad de rehacer las urdiembres y buscas la proximidad, el brazo, la piel, el regazo maloliente de la vida.











































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